JACK O’ THE WALLS

WAS UPON A TIME ...,¡no, no! C’era una volta..., ¡no, no, así no! Aig an am a bha..., ¡no, no, tampoco! Es war einmal...,¡ no, así tampoco ! Ár var alda..., or eitt sinn ¡no, de esta forma no! Bazen behin batean..., ¡no, pardiez, no de esta manera! ..., será así: yalúmesse...,¡no, no, y no! Ah, ah, ah ! Había una vez; había una vez qué?, Había una vez quién...?
Había una vez un duende, un duende con atuendo color ladrillo, emparentado con Puck of Pook’s Hill, Jack Frost, Peter Pan y Jack-o’-Lantern (también conocido con el apelativo Will-o’-the-wisp).
Pero éste, era mucho más joven que aquellos, apenas si tenía nueve mil novecientos y noventa y nueve años. De el es del cual ahora vamos a hablar. Para ello debemos dar su nombre, para presentarlo en sociedad: “Jack O’ The Walls.
Su nombre traducido al castellano significa “Diego de los Muros”. ¿Pero, porqué tiene tiene aquel apelativo en inglés? Pues bien, esto es muy simple, los primeros que dieron a conocer su existencia al ancho mundo, fueron los británicos. Pero nos fue asimismo conocido por los gaélicos medievales, que lo llamaron Séamas na Bhallachan, y antes por los Pictos de Escocia. Y fue muy apreciado por ellos, pues cuando los romanos invadieron Inglaterra, al llegar al sur de Escocia, demoró la construcción del famoso muro de Adriano, pues si bien las legiones lo construían de día, el llegaba a la noche y con su fuerza mágica dilapidaba las piedras.
Esto obligaba a los romanos, a volver a construirlo una y otra vez. Cabe acotar que los antiguos romanos llamaron a nuestro héroe Iacobus Parietis, y a fin de ponerlo a su favor hicieron sacrificios y libaciones, admiraron el vuelo de las aves y leyeron con fervor y miedo, el hígado de los animales.
Finalmente, y a pesar de que las suertes les eran adversas, los romanos enviaron al lugar tantos cæmentarii, que el muro se concretó. Más ya fue tarde para los romanos, pues al poco tiempo debieron levantar campamento. Pero esto es ya otra historia.
Asimismo, fue muy estimado por el pueblo Judío. ¿Porqué ?, pues porque gracias a él, (que se lo conoció en tierras bíblicas y de la Diáspora como Yacov Ha-Kot’lim), las huestes romanas no pudieron derribar todas paredes del 3º templo de Yerusalem. Así hoy, continúa enhiesto y viril, el Kotel HaMaraví, el mundialmente conocido Muro de los Lamentos, al cual entre otros famosos, se le apersonaron Diego “El Dié”Maradona y Andrea del Boca, dejando sus peticiones entre las anfractuosidades del mismo.
Pero retornemos a nuestros días. Hete aquí que el famosísimo Jack O’ The Walls se hallaba ahora aquí, entre nosotros y como hemos sabido leyendo los grimorios, su favor se puede inclinar a uno u otro lado del fiel de la balanza.
¿Y qué ha hecho aquí y ahora, en nuestro queridísimo Buenos Aires? Pues nada, se largó a caminar por sus calles y pícaramente se nos llevó el Obelisco (símbolo en todo el Orbe, de nuestra Ciudad).
Toda la Urbe, con policía, piqueteros, políticos, comerciantes, cartoneros, y la gente del común y el pueblo anónimo, salió a buscarlo, por todos los puntos que marca la Rosa de los Vientos del Pirata.
Nuestra bendita ciudad puede estar sucia, puede estar despintada, puede estar llena de baches en su pavimento y de baldosas flojas en sus aceras, pero jamás, jamás, sin su bienamado Obelisco.
Que diría Gardel si volviera del Undiscovered Country a su Buenos Aires querido y lo viera sin su Obelisco? Un papelón, sería. Salvo que cuando Gardel se nos fue, aun no se había emplazado la dichosa Espada de Cemento.

Pues bien, como os estaba narrando, todas las gentes (no entiendo, ahora es en plural?) salieron en busca de Jack O’ The Walls. “A por él” – decían todos – en tono castizo, dado que la ciudad se encuentra invadida por turistas extranjeros. Y como todos vosotros sabéis, la mayoría de los turistas, provienen de España, la famosa Piel de Toro.
Y como acabo de decir, se largaron todos por los ocho puntos cardinales de la City Porteña. Y digo bien “por los ocho”, pues para abarcar todos los rumbos de la inmensa metrópoli, es menester, Vive Dios! , no sólo dirigirse al norte, sino además al nordeste, no solamente al sur, sino también al sudoeste, y así, hasta los ocho puntos cardinales de la brújula. Pero toda esa busca se llevó a cabo de una forma caótica, alocada y anárquica.
De tal manera que nada se logró, a pesar de que husmearon en la Cortada Carabelas, en la Calle Ercilla o en los Pasajes Bathurst Bollini, Danel y Seeber.
Como lo habían decidido desde el inicio, todos retornaron a su punto de partida, el cráter donde alguna vez estuviera situado el bendito Obelisco. Todos volvieron allí con los caballos cansados, como quien dice. Con pena y sin gloria.
Al aglomerarse en tal sacrosanto lugar, una voz se oyó, entre todas, grave y profunda. Todos callaron. Algunos pensaron con las vísceras: “Esa es la voz que nos llevará a la Victoria”.
Quién era pues, este nuevo personaje, en el drama que se desarrollaba en la Ciudad del Río Inmóvil, pues bien, era Bully, el fanfarrón, un grandote tan ancho y tan alto como un ropero antiguo. Su cuerpo casi, casi, tapó el sol. Todos los hombres se encogieron de hombros. Su imponente imagen hizo callar a la turbamulta presente.
Su voz sonó y una arenga guerrera se derramó por la masiva concurrencia. Una ola de esperanza cubrió a tirios y troyanos. No fue extraño, sin duda, pues sus palabras fueron estas:
“Conciudadanos de esta Benemérita Ciudad de Santa María de los Buenos Ayres, Puerto de la Santísima Trinidad, que estáis aquí congregados, ahora, como hace 200 años, frente al Cabildo Abierto del 25 de Mayo de 1810, para saber de que se trata, a vosotros, pues digo, como a los varones atenienses hace unos 2500 años enardeció con sus palabras, el Gran Pericles, según nos cuenta el preclaro Tucídides; si, a vosotros pues hablo, como alguna vez hablara el Magnífico Pablo también a los atenienses, en la famosa Stóa Poikilé, frente al Altar del Dios Desconocido. A vosotros pues, os manifiesto, cómo hemos de hallar el ubicuo Jack ‘O The Walls.
“Pues bien, adonde lo puede haber llevado, hacia dónde pudo haber dirigido esa Espada Argentina, en que lugar decidió ocultarla?. En donde sino, en el centro de Buenos Aires, en el mismísimo Parque Centenario (y recalcó la palabra “mismísimo”, como para dar mayor fuerza a su acerto).”
Todos a una suspiraron con alivio. Sí, pensaron, adónde habría de llevar la Lanza de Plata, ese ladino, ese procaz, ese ingente Príapo, ese pillo de Jack, sino al centro geográfico de nuestra acogedora Ciudad.
Y hacia allá partieron raudamente. Llegaron en un santiamén. Arribaron en un suspiro. Fue en vano. El Parque Centenario estaba sumido en el sueño tranquilo de los justos. Ahí no había rastros de que hubiera pasado aquel duende.
Entonces, todo el pueblo inquirió a Bully. Todos pidieron explicaciones. Y rápido como el rayo, Bully, nuevamente arengó a ese pueblo, ávido de un lider, diciendo: “Esto se debe nada más ni nada menos que, a la complicidad que tiene con ese tunante de Federico Cabeza de Lata”.
Y ahí, en ese instante, vimos, en medio de esa masa humana, que se destacaba por su altura, la testa de un guardián del orden. Ese era nada mnos que Federico. Todos los ojos convergieron hacia él. En un instante se recordó al Chacho Peñaloza, se rememoró a Francisco Ignacio de Laprida, se mento a Juan Galo de Lavalle, y salieron a relucir Las Tablas de Sangre, de Rivera Indarte. Y al unísono gritaron :
“¡A la horca con Federico Cabeza de Lata!, ¡La cabeza, queremos la cabeza!¡Al patíbulo!”
Pareció que nos hallamos en el año 1789. O mejor que ya estabamos en el ’93. Llegó a nosotros, como en un frío de muerte la Noche de Varennes. Todo nos recordaba la Revolución Francesa, transplantada 250 años después, en estas playas.
De pronto, el aire se detuvo, se hizo un profundo silencio. Similar al que se percibe en la pampa antes de que estalle la tempestad. Antes de que sople el Pampero, antes de que sacuda el rayo y moje la lluvia.
El cielo se volvió opaco. La bóveda celeste se hizo plomo. Y del centro exacto del cráneo, donde se posa el empíreo, brotó un gran resplandor. Primero difuso y luego tomando la forma de una tremenda cabeza humana.
Y hete aquí, que todos pudieron ver en vivo y en directo, el rostro amplificado de Jack O’ The Walls.
La voz de trueno de este numen vibró como mil tambores shamánicos. Desde el fondo mismo de la tierra, le contestó el culthrún mapuche. El universo todo se calmó. He aquí lo que manifestó Jack:
“Quedaos tranquilos ciudadanos preclaron. He venido aquí para quedarme. Elegí esta tierra para habitarla durante los próximos mil años. Seré de aquí en más su ángel tutelar. Aquí askento mis reales. Seré tan argentino como el dulce de leche, el mate, Gardel y el tango. Difundiré por todos los rincones del planeta, la literatura argentina. Haré resplandecer como nunca, las letras y las artes del Plata. Borges, Marechal y Sábato serán mis mentores. Pero...”
Aquí la voz del espíritu se hizo reflexiva y grave.
“... Pero... hay un problema... entre vosotros existe un traidor. Por ello he retirado el Obelisco de su histórico lugar...”
“... Ese traidor es alguien en el cual vosotros confiasteis, su nombre es Bully!”
Todos se miraron a una.
“Ese traidor debe ser eliminado – continuó diciendo Jack. – “Pero de la mejor manera posible. Lo enviaré directo a Las Cárceles de Hierro que existen en la lejana Anilam. Allá , a lo lejos, a millones de años luz de la tierra, en el centro mismo de la remota Orión.”
Fue este un dicho y un hecho. En un instante, en menos tiempo del que kyo tardo en contarlo, lo teletransportó como una saeta, hacia la distante estrella, centro y cinto de la Constelación del Cazador.
Luego de ello, nuestro héroe, Jack, con la colaboración del inapreciable Federico Cabeza de Lata, volvió a emplazar el amado Obelisco, que tenía oculto bajo las aguas del Río Color de León.
Y así por los tiempos habitó con nosotros, Jack O’ The Walls, brindando a nuestro sufrido país, paz y prosperidad, por siempre y un día más.

Julio “Amlóði Earendilion” Brugos 28/05/04 Viernes

 

Volver a relatos y poemas inéditos