A SERGEI VASILIEVICH RACHMANINOV
Im Memoriam

Escucho los acordes del Concierto.
Es el Concierto para piano y orquesta número 3
de Sergei Vasilievich Rachmaninov.
Está siendo tocado hoy,
ocho de febrero de mil novecientos sesenta y tres.
Estamos en Lausanne,
Suiza, atemporal Suiza francesa.
Pianista: Nikita Magalov.
Pero hoy ya es ayer.
Estoy solo en una solitaria oficina.
Entre cuatro paredes.
Solo, escuchando las notas del piano.
Es sosiego lo que siento?
En tranquilidad, es paz?
Es desapego?
Sólo acordes graves y agudos.
Cuanto hubiera querido saber tocar el piano!
Tanto en verdad?
O es una ilusión que teje la soledad.?
“Nada te turbe / nada te espante...”
nos dice la Oración de Santa Teresa de Avila,
desde el fondo del tiempo,
mientras escucho el compás del piano.
Solo.
Las notas corren traviesas,
Se unen, se separan,
Se enhebran, se sueltan.
El solo del piano queda atrás.
Violines suavizan la tensión.
Oigo la batuta.
La percibo.
La veo volar por los aires.
La siento haciendo arabescos.
La imagino construyendo torres y prados,
Ríos y selvas.
Retorna el piano.
Nuevamente impera en el concierto.
Una seguidilla de notas.
Descansos.
Nuevos sonidos que se desgajan.
Los dedos del invisible pianista se mueven nerviosos,
Nerviosos, pero recios.
Los intuyo largos y magros,
Piel incolora y huesos.
Rectos.
Pero no,
El pianista no está ahí,
Todo es ficción.
Estoy escuchando una antigua grabación.
Todos deben haber muerto.
Todos.
Pianista.
Director y músicos.
Todos muertos. Todos.
Público , acomodador y fotógrafos.
Pero aquí está sin embargo,
Esta muestra del arte
que ha pasado la prueba del tiempo.
Mármol del Pentélico.
Deleitando mi soledad.
Oigo un nostálgico rizo musical.
Ahora nuevamente,
Las notas se fortalecen.
Ocupan todo el espacio del cuarto.
Notas poderosas, pero dulces.
Rojas, pero tenues.
Que deleite,
Que gozo en el piano.
En el piano y en mi.
Dos tiempos que se hacen uno.
Este que estoy viviendo yo ahora.
El único
En este tiempo ya eterno.
En esta tarde de otoño.
En este Miércoles
dieciseis de junio de dos mil cuatro,
irrepetible como todos los tiempos.
Mi teclear sigue a la música.
Mi respirar es solo un suspiro.
Ahora es un mar el que me rodea.
Olas y olas de placer. En un constante nacer y morir, morir y nacer.
Una bahía musical. “Sirmio, Peninsularum, Insularumque Ocelle...”
Accidentes geográficos. Abras y arrecifes. Escila y Caribdis.
Una onda inmensa que me llega
Me atrapa, me conmueve, me desarma.
Me transporta, me lleva.
Me traslada a La Isla del Tesoro.
Gozo sobre gozo.
Un batallón de sones.
Un sinfín de voces instrumentales que se agolpan.
Un ruso.
Como Dostoieski, cual Tolstoi
(Dos rostros de la misma moneda.)
Un estilo, hesicástico el otro, ditirámbico, dos en uno.
Similar a Leónidas Andreiev. Idéntico a Gogol
Pero todo hecho música.
Todo pasión . Todo compasión. Todo impresión.
Vientos. Bronces. Cuerdas. ¿Que más?
Otra vez impera el mágico piano.
Esas teclas negras y blancas ya no son teclas.
Esas teclas son dolores, amores, ansia,
Llanto y risas.
Enantidromia.
Encuentros y desencuentros.
Y ahora con “tutti”
La batuta. Su golpe final.
¡El fin !
Todos los aplausos.
Es el Apoteósis ya!

Julio Enrique Brugos 16/06/04

 

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