LA OBSCURIDAD
Despierto de pronto. Un sudor frío recorre mi cuerpo. Estoy tirado en el suelo, en una habitación hecha de tablas bastas, apenas trabajadas, observo sus rústicos nudos. No, no es una habitación común, es un sótano húmedo, recorrido por ratas y cucarachas. Miro mi cuerpo, está semidesnudo, apenas si lleva un pantalón, atado a la cintura con una soga de esparto. No estoy solo en esta pocilga. La comparto con otros individuos de ambos sexos. Unos siete u ocho. Todos, como yo, semidesnudos, con pocas prendas. Las mujeres están con el cabello suelto, totalmente enmarañado portando ramillas, hierbas y piedras. Señal de que han sido arrastradas por las piernas, heridas y con coágulos de sangre a la altura de los tobillos. Los varones con el pelo revuelto y la barba crecida de días. Me palpo la barbilla, soy su espejo. Les miro las uñas. A todos. Son largas. Monstruosas. Están sucias. Más que uñas son garras. Torno mi vista hacia mis
manos. Igual que mis compañeros, tengo también, uñas crecidas.
Me habitúo al lugar. Observo un resplandor. Lo sigo con la mirada, para descubrir de donde proviene.
Finalmente advierto que esa luz se vierte del techo. Es una abertura precaria. Sí, la abertura de una poterna, cuya puerta yace abierta hacia fuera. Hacia arriba.
Hacia ella, hacia la entrada, asciende una rampa, también de madera basta, tosca, sin cepillar. Comienzo a moverme torpe, pesadamente. Mis ojos ya están habituados totalmente a la semipenumbra. Miro nuevamente mi cuerpo. Es magro. No, está consumido. Tanto habrá padecido. Advierto que mi torso se encuentra surcado por marcas de barro, en forma de cauces de ríos ya secos. No es barro, ya son costras.
Pero, no, no todo es lodo, hay asimismo torrentes de sangre reseca.
Nuevamente detengo mi vista sobre mis compañeros de cautiverio. Mis oídos comienzan a escuchar sus lamentos. ¿Suspiran o se quejan? Tienen los ojos cerrados, como lacrados por légamo, sangre y legañas. No despliegan movimiento alguno.
Decido ver que hay arriba. Asciendo la rampa en forma lenta, trabajada, y sonámbula, pero constante. Sin desmayos. Por fin, llego al borde, a la poterna. Desde allí descubro que nos hallamos debajo de una habitación mayor. Quizá el doble de tamaño. Asimismo, está construida con tablas, listones que no conocieron garlopa ni lija.
Hacia una de las paredes, diviso tres seres humanos, atados y empalizados. Un hombre y dos mujeres. Estas lo escoltan. Una a cada lado. Están totalmente desnudos.
Me recuerdan, lejanamente, la imagen clásica del Drama del Gólgota, que presentan las estampitas. Columbro que están siendo martirizados. Un hombre salvaje, de alta talla, los golpea con un látigo. No, observo mejor, no es un látigo, es un martillo de madera. Igual al que utilizaban en la Edad Media, para castigar brujos y brujas. Es el famoso e infame Malleus Maleficorum.
Los empalados se encuentran exhaustos. Pero guardan su donaire, señorío y altivez. Se puede apreciar por sus ademanes, que, a pesar de los dolores, el varón es un caballero y que las mujeres son dos damas de la sociedad.
Intento incorporarme y llegar al piso. No puedo.
En ese instante, el verdugo deja la maza y se retira. Quizá por un momento. Algo me impele, me galvaniza, a acercarme a los tres empalados. Intento nuevamente incorporarme. Uno de mis camaradas en el dolor, me jala por la espalda. Hacia abajo, hacia abajo. Y me dice, muy quedo en el oído:
- “Estás loco. ¿Quieres que te ajusticien tan rápido?”
- “Hay que soltarlos. Antes de que retorne el ejecutor” – Le replico en mi desmayo, con un hilo de voz.
- “Es tarde ya” – me contesta, enérgico - “Para ellos y para nosotros. El sol está en todo su esplendor. Ya no disponemos de fuerza suficiente”.
Se oyen unos pasos. Miro. Aparece nuevamente el verdugo. Pero esta vez está acompañado por un hombre pulcramente vestido. Entrado en años, éste último tiene ademanes de doctor en medicina o abogacía.
Oigo con horror, lo que el verdugo le comenta:
- “Lo estábamos esperando, Dr. Van Helsing. Queremos que vea con detenimiento, como ejecuto al jefe de los vampiros y a sus principales acólitas. Por desgracia, esto será el fin para los infelices que se encuentran en el sótano. Morirán al instante. Automáticamente, no bien termine con el Conde Nosuar.”
- “Ya nada se puede hacer por ellos“– Le responde el llamado Van Helsing. –
- “Están demasiado contaminados” – agrega, con un dejo de pena.
El terror recorre mi cuerpo. Mis neuronas lo recuerdan todo. Mi trato con aquellas mujeres diabólicas, de una belleza deslumbrante, aún ahora, en su pasión y agonía. Una Ronda de Sangre. El deseo ineludible del plasma humano. Los asechos y las huídas. El horror que engendra nuevo horror. Me desmayo con un grito en los labios. Un grito de apenas tres palabras. Palabras que salen despedidas de mi boca pastosa, seca e inflamada: “¡Soy un Vampiro!”
JULIO ENRIQUE BRUGOS
10/03/03 - 9/10/04