IMPRESIONES PICTORICAS AL ESCUCHAR LA SINFONIA Nº 6
“ PASTORAL” DE LUDWIG VAN BEETHOVENPrimero escucho unos acordes suaves.
Impresión.
Estos primeros pasos se van tornando más y más audibles.
Luego mueren en una playa dorada.
Por momentos no se los oye más.
Luego, como en la Isla del Tesoro,
como en la Playa de Falesa,
como en la Isla de las Voces,
retornan, con su batir, ondas suaves y más fuertes.
Verdioscuras.
Ya se que se trata de un prado,
de eso nos habla el gran Beethoven.
Pero, ¿qué hay? Yo me lo imagino de agua,
de un agua infinita,
llena de yodo, plena de sal.
Y las gaviotas, y los habitantes del mar, que retozan.
Sirenas, delfines, tritones, tiburones, ballenas, cachalotes.
Y allá a lo lejos, impera el gran Neptuno.
Si, el gran Neptuno, pero el no menos grande Proteo,
La deidad de las múltiples formas.
Y las almejas, las conchas y las veneras.
De pronto, del mar surge la Barca Plateada.
Y ahí se ven entre la niebla,
Son ellas, son las madres, son las reinas.
Visten amplios vestes de azur y de gualda
Y con ellas, erguido, el noble Arthur, que regresa.
Mientras tanto, el gran genio nos habla de flores,
de aves, de viento, de ramas, de hierbas,
y de una suave brisa.
Nuestra música se convierte en una plegaria.
Nuestra melodía se torna en un concierto de violines y flautas.
Y aquí están los faunos, las bacantes, los silenos.
Todos ellos haciendo marco a los antiguos Dioses Celtas.
Todos esperan el arribo del Rey Redivivo.
Sí, aquí están los Tuatha de Danann, los Grandes Dioses,
Cual dioses de piedra, esperando, aguardando.
La música se torna sutil.
No obstante ello, se vuelve más profunda y más ensoñadora.
¡Ya llega la lluvia! Ya?
No se, quizá es muy pronto.
¿Hay arpas quizá? ¿Suenan violines?
No, no lo se. Pero que bien que suenan las voces de la madera,
Los gritos de los bronces, los arrebatos de los vientos,
El mágico baladro de los timbales ancestrales.
Una aparente pausa. Sólo aparente.
La música se vuelve majestuosa.
La música toda son una sinfonía de colores.
Todos los matices. Toda la escala cromática.
Desde el infrarrojo hasta el ultravioleta.
Todo, todo se entrecruza.
Hay trama y urdimbre. Una nobleza musical.
Y ya nos está arribando la Gran Barca Real.
Se demora su llegada, como para hacernos desear aun más su arribo.
Y ahí está la flauta de Pan. Un boca mágica la toca.
Son simples sones que se unen a la inmensa orquesta.
Todo se calla. Todo es calma.
De pronto el agua lustral de los cielos.
Y aquí con el agua, con la cellisca, con el orvallo, con la garúa,
con el aire-agua, nos adentramos al crepúsculo celta.
La semi-penumbra, la semi-luz.
Los gritos de los cazadores, los clarines, las trompetas de caza.
Y los lebreles y las liebres.
Y los grandes ciervos y los mastines blancos con rojas orejas.
Es el alma que persigue a Cristo.
Los cuatro mastines, los cuatro evangelistas,
Los cuatro grandes sabios, los cuatro puntos cardinales.
Y tremendo como un Ciervo Rey, como Kernunos,
el Mesías.
El retorno de Elías, la vuelta de Arthur.
Todo se torna en luces,
El cielo todo un gran candil. Y el tropel,
Y la tropa infernal, la Zeligenleute.
Truenos y relámpagos.
Robles y fresnos asotados por el viento.
Y temblor y temor.
Pero retorna la fuerza del Mesías,
Todo lo vuelve al orden.
Ya no más penas,
ahora hay una harmonía mayor que la perdida.
Y se unen en un abrazo el Rey Celestial y el Rey Guerrero.
Ya son los dos uno en uno.
Un abrazo de Guayaquil, pero de concordia y paz.
Un regreso a la tierra y una vuelta a los cielos.
Y los últimos acordes que se suceden en catarata.
Un tremendo final que todo llanto restaña,
que toda herida cura, que toda pena opaca.
Un gran final apoteótico. ¡La suma celestial!
Julio Enrique Brugos 06/07-09-05