PRAHA
Sensación que me produce el escuchar los acordes de la Sinfonía nº 38
en Re Mayor K. 504 de Wolfgang Amadeus Mozart.
Una introducción que te conmueve.
Primer movimiento.
Olas de música,
acordes tristemente alegres.
Fuertes, profundos, introvertidamente extravertidos.
Un prodigio.
Una majestad remota, y tan cercana.
Olas, olas que se suceden,
cada vez, cada momento, cada instante.
Más fuertes, mas sonoras, más y más profundas,
Más y más vigorosas.
Te hechizan en su caracol de sucesiones.
Te rodean y vuelven a rodear.
Excelsos sones que hablan a los redaños,
sumos sonidos que nos dicen de sueños a nuestro mesenterio.
¿ En que pensaría el gran Mozart cuando componía esta belleza?
Un ataque frontal de ritmo y melodía.
¿Quien supiera música para comprender?
Todos los instrumentos herramientas son, que aportan trozos de colores,
retazos inconsútiles de trama y revés.
Segundo movimiento.
Majestad musical,
real asombro de aves,
magnífico sinsonte de corredores de música.
Las cuatrocientas voces.
Sublime alondra de esperanza celestiales.
Ahí están, ahí están y no se marchan.
Nos siguen acariciando los oídos.
La música se vuelve cómplice, nos toca sutilmente,
nos remite a la niñez,
al seno materno,
al líquido amniótico que nos amaca en un ánfora de sangre y suero.
Nos acurrucamosen un rincón, pero....
Nos dejamos llevar por ondas suaves y tibias.
Llegamos así, a lejanas playas de yodo y sal.
Y allí sentimos un batir musical de alas que se aproxima:
las gaviotas de Oesterheld y Bach,
los cormoranes de Pratt,
los albatros de Melville, Coleridge y Poe.
Todos practican sus vuelos sobre las dulces ondas del mar niño,
niño pero inmenso,
inmenso como una gran matriz cósmica.
Matriz que nos protege y nos traga.
¡Las Madres! ¡Oh, Gran Goethe!
Más fuertes que los Dioses.
Per Ogni Dii.
Descendemos por laberintos de acordes,
nos dejamos acunar.
Llegamos al légamo original.
Ya no nos duele el cuerpo, ya no tenemos llagas en el alma
Tercer movimiento,
todo lo inunda, sucesivamente en el tiempo,
instantanemente en el espacio.
Los dos mas grandes dones que jamás hubieramos soñado disfrutar.
Arpegios,
machetes que golpean las ramas de un denso bosque de voces,
una foresta envuelta en llamas sonoras.
Silbido de sirenas alucinadas,
silbar de sierpes que danzan arrobadas,
Cobras de fuego que se relajan escuchando tanta belleza.
Un tronar de palabras instrumentales.
Una batuta que no se da tregua.
Un final impresionante que nos agobia y nos eleva.
El fin y el principio.Julio Enrique Brugos. 26/08/05