UNA PLOMIZA TARDE DE INVIERNO

En esa plomiza tarde de invierno, que presagiaba una lluvia considerable, me dirigí a la Librería Entropía, con un apuro inusitado. Algo me decía (alguien me dictaba desde lo profundo), que debía ir hacia allí sin más dilación.
Cuando llegué a la confluencia de avenida Corrientes y calle Talcahuano, el corazón me comenzó a latir con una fuerza inusual.
Caminé los 50 metros que me restaban para arribar al local de mi amiga Grecia Molino, la dueña de dicho negocio, sin levantar la vista de las baldosas añosas, como esperando lo peor. Recuerdo que miraba al suelo, como buscando monedas virtuales, entre las anfractuosidades de la acera.
Cuando proyecté mis ojos a lo que había sido mi negocio favorito por años, el asombro estalló dentro de mí, como un latigazo. Un baldío campeaba los escasos 4 metros de frente, que durante tanto tiempo ocupara esa librería señera.
Quedé petrificado. Mi pensamiento y mi razón, se bloquearon. Traté de dominar mi inercia. Finalmente, pude reponerme.
Los transeúntes caminaban por la diminuta vereda hacia la izquierda y hacia la derecha, sorteando mi cuerpo sin tan siquiera mirar hacia el edificio inexistente. Nadie se espantaba, nadie se lamentaba de esa falta.
Al no poder entablar conversación alguna, rememoré que solía ser habitué de un bar próximo a la librería tan querida, en la cual trabajaran mis amigos Moncy y Jackie.
Hacia allí enfilaron mis pasos automáticos de sonámbulo.
Ingresé por las puertas batientes de ese magro negocio, casi desmayado.
¿Qué mejor manera de iniciar una conversación sin despertar sospechas o que pareciera una pesquiza, que pidiendo una lágrima, un cortado o un simple café?
A mi llamado, el mozo se apersonó solícito, acercándome un cenicero de bruñido metal y un servilletero que había ganado ya muchas batallas.
Le espeté: Una lágrima, por favor.
El dependiente asintió con la cabeza con un gesto afirmativo y se retiró morosamente a la barra, para ordenar mi pedido.
Sin demasiada demora retornó con la bandeja tradicional, portando el pocillo, un vaso de agua, una jarra con agua y un platillo con 3 diminutas masitas, que se perdían dentro de esa pequeña soledad plana.
Comenzó a servirme ceremonialmente. No esperé más, como quien no quiere la cosa, comenté: ¿Qué pena, no?.
El mozo replicó: ¿Sí, señor?.
Agregué: Sí, que pena, que esa librería tradicional, Entropía, que ayer no más se alzaba a escasos pasos de este establecimiento, haya dejado de existir, y hoy en su lugar funcione un baldío frecuentado por cucarachas, arañas, lauchas, ratas y gatos.
El mozo abrió desmesuradamente los ojos, alzó sus pestañas ya encanecidas, blanqueó su frente y me rectificó: ¿Cómo ayer nomás?, hace fácilmente un lustro que la dueña se fue con su familia y sus empleados a EE.UU., más precisamente a la ciudad de New York, en la 5ta.Avenida. Se ve que el señor no venía muy seguido por estos lugares. Casualmente creo recordar que su partida fue luego de los desastrosos hechos acaecidos después de la caída del débil e inexistente gobierno del Presidente De la Rúa y de la anodina y errática administración Duhalde.
En mi retina se encuentran indeleblemente marcadas las palabras finales que me dijo la Sra. Grecia: “Ya no soporto más. La devaluación, la falta de ventas y ahora los saqueos, primero esporádicos, luego intermitentes y finalmente continuos, de los vándalos que pululan una ciudad que ya no es mi Buenos Aires Querido, me han decidido a plantarme y marchar hacia horizontes más propicios. Me voy del país, salvando lo que pueda. Remato todo el caudal de libros, revistas, videos, fotos, posters, todo, todo. No doy más, este es un país infame. LIQUIDACION TOTAL!, CON TODAS LAS LETRAS (Recuerdo como recalcó con fuerza esta última frase). Nos vamos, mi esposo, mis hijos, mi madre, mis empleados. Todo, todo. También liquidamos el otro local que supervisa mi esposo en Barrio Norte”.
-Y así fue nomás – Concluyó el mozo – Liquidó todo. Y bien que hizo. Fue justo a tiempo. A los pocos días la catástrofe asoló el país: el local, como muchos otros edificios, estalló. Habían puesto una bomba. No quedó ni el lugar. Fue el comienzo de la Gran Barbarie que nuevamente se entronizó en nuestra querida Patria, desplazando la Civilización. ¿No recuerda el baño de sangre que sufriera tanto esta ciudad, cuanto el resto de nuestro territorio patrio?
Mi asombró se centuplicó, pero mi cara de poker, no dejó traslucir mi agonía interna. Contesté mecánica y cortésmente: - Sí, tiene razón, efectivamente. Yo hablaba metafóricamente, recordando a Fray Luis de León, cuando luego de dejar la prisión, habiendo faltado a sus clases por más de veinte años, se dirigió a su alumnado, diciendo esas palabras áureas: “Dicebamus externe diae” (como decíamos ayer).
Tomé la lágrima casi sin respirar. No probé ninguna de las masitas, tan tentadoras. Sabía que se me atragantarían. Un torbellino desequilibraba mi cerebro. Todo mi ser tendía a salir a la calle, a la luz, al aire. El agobio me pesaba como plomo derretido sobre cemento. Pagué, dejé la propina y me marché. Literalmente huí.
Caminé nuevamente, con apresurados pasos, hacia la librería inexistente.
Llegué, miré, observé. Sí, verdaderamente, el baldío tenía la terrible apariencia de contar con varios años de antigüedad. Un cartel vistoso anunciaba la venta del predio, por parte de una inmobiliaria prestigiosa.
Pensé con pesar: ¿Se alzará aquí algún edificio torre que borre definitivamente esas paredes ya invisibles?
Pero, ¿qué había ocurrido?, ¿cómo unir esta realidad con mi recuerdo vivo de ese negocio, en funcionamiento sólo unas semanas, unas horas antes? Concentré mis pensamientos, no, yo no estaba loco. Algo se desfasaba. Notaba la manifestación invisible de algo incongruente y siniestro.
De pronto tuve una corazonada. Mi mente me recordó aquella vez en la cual luego de tomar un café, bajé (literalmente) al baño del mencionado bar, dado que el mismo se encuentra ubicado en el sótano, y al regresar de este, por las pesadas escaleras de cemento lavado, me encontré con otro tiempo y lugar. En vez de volver a la apacible habitación en penumbras del bar, me hallé en pleno Parque Chas. Rememoro que en aquella ocasión, mi razón se negaba a creer que yo había encontrado una suerte de horrendo Aleph borgiano en ese oscuro negocio.
Pero... ahora,... mis sentimientos me impulsaron. Mi cuerpo se galvanizó.
Desandé mi camino, nuevamente me acerqué con premura al bar. Ya frente a las puertas, entré con aire displicente. Como quien no quiere la cosa. De una manera ritual, me aproximé a una mesita desocupada, corrí una de las sillas. Coloqué mi mochila y mis escritos sobre su solitaria compañera. Esperé.
El mozo caminó hacia mí. Era el que me había atendido hacia escasamente una eternidad de 15 minutos. Pensé que haría algún comentario sobre mi rápido e inesperado retorno.
Al contrario. Con cara indiferente, displicente e impávida, con vítreos ojos de plomo, con mirada plana y lejana, sin sentimientos, sin ningún gesto humano, me preguntó: - ¿Señor?.
¿Era un consumado comediante el mozo? No cabía la menor duda de que era el mismo que me había atendido hacía tan poco. Sin embargo, no daba muestras de haberme visto en centurias. Seguí la farsa. Le contesté, para ponerlo a prueba: Sí, como siempre, Ud. Sabe, un café con leche, con 4 scones y ....
No me dejó terminar la frase, la continuó: “ ... Y un trozo de manteca”.
Acaso me leía la mente.¿ O tal vez me estuviera probando para confundirme?
Luego, me observó como puede observar una mosca a un humano, sin verlo, o viéndolo con esos dos ocelos que centuplican la imagen observada, sin dar muestras de vida consciente alguna (no sólo ya humana, animal y vegetal, tampoco mineral o angelical). Luego de un eón me respondió: Sí, señor, como siempre.
Se deslizó a la barra, ordenó mi pedido y en un instante, retornó con él, en una reluciente bandeja plateada.
Comenzó a servirme. Al término de esa ceremonia, me acercó en una bandejita, la cuenta, con tres caramelos como obsequio. Con ello me manifestó: - Dulces tardes, Señor –
Rememoré a Virgilio: “dulcimus arva”. Luego pensé: “O es un farsante, o me estoy volviendo verdaderamente loco”. No, es un gran simulador y le sienta perfecta la famosa frase del poeta: “Larvatus prodeo”.
El hambre pudo más que toda otra ansiedad. Deglutí, devoré todo lo que me había acercado el solícito mozo.
Luego, ya no pude más con la intriga. Lo llamé. Le pagué, le dejé la propina correspondiente y dilapidé los escalones que me separaban del baño - mazmorra.
Como para que todo fuera de lo más normal, realicé mis actos fisiológicos. Luego inicié mi pesado ascenso.
La curiosidad pudo más que el temor que me atormentaba (a la manera de Borges). Mis pies, sin embargo demoraban esas lajas acechadas por alimañas lovecracftianas. ¿Adónde daría ahora esa bendita escalera?, ¿al Parque Chas, a la Luna, o a la esquina de mi barrio?.
La respuesta fue mucho más trivial y prosáica. Otra vez estaba en ese bar de paredes desconchadas. Otra vez estaba en esa semipenumbra. Otra vez me hallaba rodeado de otros parroquianos invisibles.
¿Pasaría la prueba de fuego?. ¿Qué hallaría pasos más allá, frente a la inexistente y virtual Entropía?
Corrí los escasos metros que me separaban del local.
Un mareo azotó mi cerebro. Allí nuevamente, se alzaba el negocio de Grecia. Abrí la puerta con temor.
A la derecha, como siempre, se encontraba sentadita, la sagaz y astuta Moncy.
- Hola, Julius – me dijo, sin ningún quiebre de la voz. - ¿Cómo estás?
Desde el fondo del negocio, escuché la lenta palabra de Jackie: - ¿Qué hacés Julillo? –
Ahora mis mañanas y mis tardes son azarosas y siniestras y en la alta noche me despierto con una sensación de vértigo, inseguridad y zozobra.

05/12/02 Julio Enrique Brugos 30/06/05

 

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