ENTRE DOS LUCES
TODO ES MUSICA VAMPIREA
Escucho la música
“Todo es música.
Todo música vampírea.
Escucho un derroche de sonidos…”
Año dos mil nueve.El verano devino eterno. El verano tomó posesión de la ciudad. No se quiere ir, no se quiere marchar.
Y ya estamos en otoño. El almanaque nos dice que hoy es 7 de abril. Hace rato que estamos en otoño, pero el termómetro nos anuncia que aún continuará el calor del verano, y nos pronostica aún más calor para mañana.
Y no es que el otoño no quiera adueñarse de esta megalópolis de Santa María de los Buenos Aires, como le corresponde, es que el verano no ceja.
Escucho por la radio que ya estamos en los 30º según la escala de Celsius. Es cierto, es otoño, pero no se nota. No se nota a pesar de las hojas secas, marchitas, que riegan de ocres, cremas, amarillos pálidos, las aceras, los pavimentos, las cunetas, los automóviles estacionados, los aleros, los tejados, los porches.
He cometido un error al dejar la caza que desarrollaba en las montañas del sur. Todavía debía permanecer por lo menos un mes más en la cordillera sur. Ser predador en esas lejanas comarcas me deparó más de una satisfacción.
Pero acá todavía hace mucho calor. Y no es que me intimide el calor. Mi sangre no siente este calor. (Como tampoco sufre del frío.) Ese fuego no logra hacer hervir mis arterias frías. Pero debo alimentarme y con esta luminosidad se me hace casi imposible salir a merodear. Debo pasar horas y horas de espera, de atención, hasta poder conseguir un buen ejemplar. Porque, ahora nuestra raza debe seleccionar muchísimo más que en siglos pasados.
Hay tanto drogadicto, tanto consumidor de anfetaminas, tanto ser que para poder vivir debe utilizar todo tipo de grageas, toda clase de píldoras, que todo se nos hace aún más difícil. Y dado que es mentira que podamos suplir nuestra sed por intermedio solo del rojo fluido animal, debemos estar atentos a los diversos contagios.
Es verdad que la maldición de la luz es sólo fantasía. Definitivamente, la luz no nos fulmina, pero una luz tan potente como la del pleno verano, es nuestra principal enemiga porque no podemos pasar desapercibidos, todo nos delata, pues nuestra piel cobra un brillo extraordinario, iridiscente, preternatural. Y a pesar de la gran multitud de seres que deambula por las cosmópolis, debemos protegernos.
No podemos ocultarnos tan fácilmente de día. Y a la noche, al abrigo de las sombras, existe el otro problema de tanto enfermo que pulula, con litros demás (birra, vino, whisky, etc ).
Quién hubiera dicho que todo eso haría mucho más compleja nuestra milenaria existencia. Quién hubiera apostado hace sólo un par de decenios, a que todo este desastre humano, social, ecológico, urbano, se habría de desatar.
Ahora todo es muchísimo más complejo. En la actualidad, nuestra movilidad se ve amenazada por todo tipo de vallas sociales. Nuestro acceso a nuestro alimento primordial se complica día a día.
Pero a no aflojar, a no preocuparse, me digo. Para alguien que ha sobrevivido milenios, esto simplemente, es un recodo de un eviterno camino. Sólo un momento ínfimo de nuestro tránsito. Además, nuestras aptitudes, nuestras posibilidades, han sido acrecentadas en el transcurso de nuestra historia, en el derrotero perenne que hemos iniciado hace tanto, tanto tiempo.
Y el tiempo ha jugado, definitivamente, a nuestro favor. Nuestras potencias han sido acrecentadas. Como las cucarachas, hemos sabido sobrevivir y adaptarnos a las diferentes mutaciones del planeta, mucho más vivo de lo que cree el vulgo, y de las situaciones político-económicas mundiales. Si supiera el “everyman”, el hombre común, cuanta vida vive el planeta tierra (el orbis terrarum de los latinos), se asombraría y hasta se asustaría, y con razón.
Pero, bueno, no es momento para simples reflexiones, es hora de entrar en acción.
Mi cuerpo se tensa. Mis venas segregan la justa adrenalina, por la masa medular de las glándulas suprarrenales. Se acelera mi ritmo cardíaco. Mis músculos se desentumecen y cobran una vida mayor, más plena, prestos a escuchar mis órdenes cerebrales. Mis sentidos se agudizan. Espero, agazapado, a que la luz diurna sea reemplazada por el crepúsculo vespertino. El comienzo de nuestro imperio. Ya falta poco, ya falta menos.
La raja entre el día y la noche ya se manifiesta. Entre dos luces. No es día, no es noche. Es el momento más sublime de las 24 horas que conforman un día. El cielo toma un aspecto, un tinte muy particular, el clima se vuelve diferente. Parece, en ese mínimo instante, que todo se detiene, que todo, el mundo humano, el animal, el vegetal, el microbiano, se estancara, y el tiempo comenzara, a partir del instante en que se cuentan las horas de la noche, a caminar hacia atrás. Que la derrota del día, deviniera ruta de la noche.
El ocaso se puede cortar por el filo de un cuchillo súper- afilado, por la lámina sutil de una navaja, (Esto me hace recordar el título de una famosa novela de un autor británico, escrita en el siglo pasado) o por un par de colmillos pulidos con el más fino diamante, que refulgen al tomar contacto con las diversas luminarias de la noche, naturales y artificiales, por ello hay que estar muy atento, súper consciente. Sonrío. Me alegro. Hay un placer sexual en mi boca. (Algo de esto ha hablado ya en su momento el Gran Freud.)
Los humanos no se pueden ni siquiera acercar a saber como se siente un vampiro. Es algo inefable, algo sutil, fuera de todo entendimiento para el que no lo es, algo sumamente esplendoroso.
De los arrabales de la gran ciudad, de las orillas de esta ciudad inmensa, me voy acercando al centro voy caminando, lenta, pausadamente. Aunque dispongo de un automóvil, este lo uso para grandes distancias. Amo el deambular por calles, callejones, pasajes, (Eso sí, mientras no se hace la alta noche, esquivo las avenidas) Es tan hermoso observar las diversas fachadas de las casas, oír, escuchar las distintas conversaciones, saber siempre algo, un poco más sobre los humanos. Cuanto, cuanto se aprende, sabiendo atisbar los diálogos. Todo sirve para el predador.
El calor todavía no decrece, pero ya no me queda más remedio que salir a cazar. La noche es mi manto. Debo cuidarlo, impedir que se me caiga de los hombros. Es mi capa de la invisibilidad. Todavía recuerdo cuando estudiaba alemán medieval en la universidad de Heidelberg, en la segunda mitad del siglo 19, la Nineteenth Century. Que bello poema “Das Nibelungen Lied”, también conocida como “Das Nibelungen Not”, (el cantar o el pesar de los nibelungos), como me atraía la parte en la cual Sigfried consigue la Tarnkappe, la capa de la invisibilidad. Que hermosos tiempos aquellos, en un siglo de tantos cambios como fue ese. Pero finalmente me cansé, me aburrí de aquellas comarcas, y decidí cambiarme y recorrer el Nuevo Mundo. Desgraciadamente, siempre me vence el hastío,( por momentos, nos llega a aburrir esta vida eterna, aunque sin embargo, nos agrada también, y la adoramos, mientras los humanos pasan, nosotros continuamos) Pero, que bueno sería que esa capa existiera y que pudiera contar con ella, por supuesto. O si no, al menos, poseer el anillo de Giges. Como me ayudaría en mi caza. Simplificaría mucho mi acecho, aunque no nos generaría tanta adrenalina como nos genera. Pero no me puedo quejar, tan mal no me ha ido en todos estos milenios.
Pero todo se va haciendo cada vez, más, y más difícil y complejo. La luz artificial casi diurna, en la actualidad, nos trae nuevos problemas.
Pero acá se me presenta una buenísima oportunidad. Estoy a unos pasos de la Estación Caballito, de la ex línea Sarmiento, de Ferrocarriles Argentinos. Esta zona no es muy iluminada. Diría mejor que está casi sin iluminar. Estoy en el mejor de los sitios. Solo, o casi solo. A esta hora el movimiento es casi nulo. Puedo encontrar más fácilmente a mi presa.
Observo el cuadrante del reloj. Muy buena hora. Son pasadas las 09.00 P. M. Ya terminaron algunas clases en la cercana Facultad de Filosofía y Letras. Muchas muchachas tomarán el tren, quizá alguna corte camino por la calle Yerbal, para arribar a la Estación Caballito, una de las estaciones más yermas, más solitarias y menos iluminadas de esta línea ferroviaria de trenes Sarmiento. Debo estar sumamente atento. Aquí puede haber buenas presas de caza.
Las luminarias de la calle casi ni existen. Además, lo frondosos árboles que crecen en las aceras son una nueva fuente de sombra, que compite con la noche. Todo está en calma. No existe ni una ligera brisa. El bochorno del día, a pesar de ser ya noche cerrada, no decreció. Casi no hay transeúntes por esta solitaria arteria.
Al final hallo mi presa. Es joven, hermosa. Lleva en su brazo izquierdo, bien pegado a su corazón que late, lleno de vida, sus cuadernos y libros. Me acerco, camino a su paso. Gira su cabeza hacia mi. Me sonríe. Cómo es eso?, pues me conoce de la facultad. La saludo dulcemente. Me dice:
- Hola, no te había visto.
- Hola – le contesto – vas a tomar el tren?
- Si, voy hasta la Estación Liniers – me replica.
- Yo también voy a tomarlo. Yo desciendo en Ramos Mejía.
- Que bien, es más animado retornar conversando.Todo se hace tan, pero tan fácil. Llegamos a la entrada oeste de la estación. Es el lugar más oscuro. Me le acerco, dulce, melosamente.
No se aparta de mí. Está prendada de mí. Busco su garganta, su carótida de marfil, se me rinde. La contengo en mis brazos, lentamente descienden mi cabeza, mi boca, y en instantes comienzo a libar de su rojo elixir. Luego, continúo caminando a su lado. Marcha como sonámbula, en sueños, entre algodones, entre nubes. Ya es mía. Ya la poseo en cuerpo y alma. La acompaño hasta el andén sube al tren. Me escurro por entre las sombras. Cuando sueño está noche, pensará eso, que soñó. Pero mañana estaré nuevamente aquí, para hacer realidad sus sueños. Tiemblo de gozo, amor y lascivia.
De pronto, despierto, estaba soñando. Me encuentro en mi cama. Al costado de la cabecera encuentro el libro que estaba leyendo, en el suelo, abierto y con el lomo para arriba. Leo el título: Breaking Dawn” (Amanecer).
Ahora recuero, fue una pesadilla. Estaba leyendo la famosa saga Twilight (Crepúsculo) y me quede dormido.
JEB 07-04-09 – 26-05-09 – 10-07-09 - 17-07-09